De Agorafobia
05/02/09 12:15 PM Categorķa: Libros
Acá les va otro pedazo de Agorafobia. Es mas largo (y aburrido!!), pero ojalá les guste.
Del capítulo 6, “La Verdad”:
“A veces en mis viajes me encuentro con algunas iglesias que parece que viven otro evangelio. Cuando uno oye lo que se enseña desde el púlpito, todo parece estar alineado, pero cuando uno ve lo que sucede en la práctica, otra realidad emerge.
En estas iglesias, es como si las ovejas fueran las que tienen que cuidar al pastor, pero no encuentro eso en la Biblia. ¡Y prometo que lo he buscado!
Es como si el Salmo 23 dijera: «El pastor es mi señor» y no «El Señor es mi pastor». No escribo esto en contra «de los pastores» sino en contra de los pastores que son así. Y como lo más probable es que tu pastor no sea así y que si eres pastor o pastora no seas así, no tienes por qué sentirte aludido o aludida.
En el pasado, leí mucho a un pulcro y peinado poeta revolucionario (¡pocos poetas y revolucionarios son así!) llamado Gerald Massey. Ese británico es tal vez lo único emocionante que ha surgido de la era victoriana. Es uno de los pocos poetas bien peinados y bien portados que me gustan y, con excepción de que se oponía mucho al cristianismo y a Dios, encuentro muy interesantes algunos de sus escritos. Entre todas las tonterías que escribió, una se ha mantenido al frente en mi mente como un semáforo en rojo en una noche en la que conduzco de prisa. Gerald sostuvo: «Lo han de sentir difícil... aquellos que han tomado la autoridad como la Verdad, en lugar de tomar la Verdad como autoridad».
¡Es tan cierto! Hoy aún existen algunos líderes cristianos que toman su autoridad como la Verdad y no la Verdad como su autoridad. Considero que esta actitud proviene de un temor profundo a perder el control sobre lo que las personas piensan. Eso, a su vez, hace que como Iglesia tengamos miedo de aquellas opiniones opuestas, críticas, contrarias a las nuestras y de las filosofías absurdas. Resulta entonces que nadie puede decir nada ni opinar nada en contra de la autoridad, porque es rebeldía, anarquía y división. ¡No es cierto!
Como líderes no podemos enseñorearnos de cada detalle del pensamiento de las personas sin dejar lugar y espacio para discutir y dialogar, debatir y rebatir. Si creemos en el poder de la Verdad, debemos dejar que haga lo suyo.
Por definición, la Verdad es excluyente. Excluye todo lo que no sea verdad. Eso es maravilloso porque mientras mantengamos la Verdad como autoridad genuina, el mensaje se mantendrá puro, como originalmente fue dado. ¿El método? Esa es otra discusión.
Es posible que como líderes olvidemos que existe una diferencia entre poder y autoridad. Poder es la habilidad de ejercer coerción, o fuerza. Y cuando la Iglesia o el liderazgo toma ese rol, pierde el modelo original de Marcos 10:45.
La autoridad se gana, se obtiene a través del servicio sacrificado.
La Madre Teresa fue invitada a dar un discurso en el acto de graduación de la Universidad de Harvard. En medio del auditorio de la casa de estudios más prestigiosa del mundo, la Madre Teresa habló sobre pureza sexual con autoridad aunque no poseía ni un solo grado académico que se acercara lejanamente al de los pobres estudiantes que eran azotados por la Verdad. ¿Cómo fue capaz esa Universidad elevada a la estatura de templo del saber guardar silencio para escuchar a una mujercita sin mucha educación? ¡La mujer tenía autoridad!
Muchas veces como líderes y como Iglesia hacemos uso del poder y no de la autoridad porque confundimos los términos. Y eso nos lleva a una conducta errada. Al utilizar el poder que tenemos como líderes, demandamos respeto cuando en realidad el respeto no se demanda, se gana. Empezamos a pensar que la solemnidad es símbolo de santidad y que el protocolo es señal de respeto. En nuestro estilo de vida nos conducimos como personas con poder en lugar de caminar humildemente con autoridad.
Jesucristo obtuvo autoridad por medio del sacrificio. Filipenses 2 es muy claro con respecto a eso. Él caminó con humilde autoridad al punto de que hasta los niños corrían a él.
Eduardo Galeano, celebrado contrariano y autor uruguayo de El derecho al delirio, hablando del futuro, escribe: «La solemnidad se dejará de creer que es una virtud, y nadie tomará en serio a nadie que no sea capaz de tomarse el pelo».
En ningún diccionario se describe a la solemnidad como una virtud; es una actitud, una formalidad, pero no una virtud. Y creo que los que estamos en el liderazgo nos la hemos tomado demasiado en serio. Pienso que la solemnidad es como el sexo; bella y hermosa en su momento; pero fuera de «ese momento» es sucia y nos transforma en otra clase de personas; y cuando lo forzamos en otras personas, raya en violación.
El abrirnos con humildad y hablar con las personas que tienen una creencia profundamente diferente de la nuestra logrará más por la causa de Cristo que levantar un muro de separación entre nosotros y los que no conocen la Verdad.”
Del capítulo 6, “La Verdad”:
“A veces en mis viajes me encuentro con algunas iglesias que parece que viven otro evangelio. Cuando uno oye lo que se enseña desde el púlpito, todo parece estar alineado, pero cuando uno ve lo que sucede en la práctica, otra realidad emerge.
En estas iglesias, es como si las ovejas fueran las que tienen que cuidar al pastor, pero no encuentro eso en la Biblia. ¡Y prometo que lo he buscado!
Es como si el Salmo 23 dijera: «El pastor es mi señor» y no «El Señor es mi pastor». No escribo esto en contra «de los pastores» sino en contra de los pastores que son así. Y como lo más probable es que tu pastor no sea así y que si eres pastor o pastora no seas así, no tienes por qué sentirte aludido o aludida.
En el pasado, leí mucho a un pulcro y peinado poeta revolucionario (¡pocos poetas y revolucionarios son así!) llamado Gerald Massey. Ese británico es tal vez lo único emocionante que ha surgido de la era victoriana. Es uno de los pocos poetas bien peinados y bien portados que me gustan y, con excepción de que se oponía mucho al cristianismo y a Dios, encuentro muy interesantes algunos de sus escritos. Entre todas las tonterías que escribió, una se ha mantenido al frente en mi mente como un semáforo en rojo en una noche en la que conduzco de prisa. Gerald sostuvo: «Lo han de sentir difícil... aquellos que han tomado la autoridad como la Verdad, en lugar de tomar la Verdad como autoridad».
¡Es tan cierto! Hoy aún existen algunos líderes cristianos que toman su autoridad como la Verdad y no la Verdad como su autoridad. Considero que esta actitud proviene de un temor profundo a perder el control sobre lo que las personas piensan. Eso, a su vez, hace que como Iglesia tengamos miedo de aquellas opiniones opuestas, críticas, contrarias a las nuestras y de las filosofías absurdas. Resulta entonces que nadie puede decir nada ni opinar nada en contra de la autoridad, porque es rebeldía, anarquía y división. ¡No es cierto!
Como líderes no podemos enseñorearnos de cada detalle del pensamiento de las personas sin dejar lugar y espacio para discutir y dialogar, debatir y rebatir. Si creemos en el poder de la Verdad, debemos dejar que haga lo suyo.
Por definición, la Verdad es excluyente. Excluye todo lo que no sea verdad. Eso es maravilloso porque mientras mantengamos la Verdad como autoridad genuina, el mensaje se mantendrá puro, como originalmente fue dado. ¿El método? Esa es otra discusión.
Es posible que como líderes olvidemos que existe una diferencia entre poder y autoridad. Poder es la habilidad de ejercer coerción, o fuerza. Y cuando la Iglesia o el liderazgo toma ese rol, pierde el modelo original de Marcos 10:45.
La autoridad se gana, se obtiene a través del servicio sacrificado.
La Madre Teresa fue invitada a dar un discurso en el acto de graduación de la Universidad de Harvard. En medio del auditorio de la casa de estudios más prestigiosa del mundo, la Madre Teresa habló sobre pureza sexual con autoridad aunque no poseía ni un solo grado académico que se acercara lejanamente al de los pobres estudiantes que eran azotados por la Verdad. ¿Cómo fue capaz esa Universidad elevada a la estatura de templo del saber guardar silencio para escuchar a una mujercita sin mucha educación? ¡La mujer tenía autoridad!
Muchas veces como líderes y como Iglesia hacemos uso del poder y no de la autoridad porque confundimos los términos. Y eso nos lleva a una conducta errada. Al utilizar el poder que tenemos como líderes, demandamos respeto cuando en realidad el respeto no se demanda, se gana. Empezamos a pensar que la solemnidad es símbolo de santidad y que el protocolo es señal de respeto. En nuestro estilo de vida nos conducimos como personas con poder en lugar de caminar humildemente con autoridad.
Jesucristo obtuvo autoridad por medio del sacrificio. Filipenses 2 es muy claro con respecto a eso. Él caminó con humilde autoridad al punto de que hasta los niños corrían a él.
Eduardo Galeano, celebrado contrariano y autor uruguayo de El derecho al delirio, hablando del futuro, escribe: «La solemnidad se dejará de creer que es una virtud, y nadie tomará en serio a nadie que no sea capaz de tomarse el pelo».
En ningún diccionario se describe a la solemnidad como una virtud; es una actitud, una formalidad, pero no una virtud. Y creo que los que estamos en el liderazgo nos la hemos tomado demasiado en serio. Pienso que la solemnidad es como el sexo; bella y hermosa en su momento; pero fuera de «ese momento» es sucia y nos transforma en otra clase de personas; y cuando lo forzamos en otras personas, raya en violación.
El abrirnos con humildad y hablar con las personas que tienen una creencia profundamente diferente de la nuestra logrará más por la causa de Cristo que levantar un muro de separación entre nosotros y los que no conocen la Verdad.”
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